En su primera etapa escolar, entre los 5 y 14 años aproximadamente, los niños pueden presentar algunas alteraciones de conducta que afectan su desempeño estudiantil. Uno de esas alteraciones es la hiperactividad que, siendo una complicación en sí misma, puede terminar ocasionando lo que se conoce como déficit atencional (DA).
La hiperactividad es definida por la Real Academia Española como un “trastorno de la conducta caracterizado por una actividad constante, comportamientos cambiantes y dificultad de atención, que se observa en personas con cuadros de ansiedad y niños”.
Muchos tienden a confundir este concepto con el DA, sin embargo la hiperactividad es una causa de éste. Un niño que padece de hiperactividad, no necesariamente puede ser diagnosticado con déficit atencional.
Pese a que se trata de dos condiciones diferentes, las consecuencias que éstas tienen sobre el proceso de aprendizaje son similares. A un niño hiperactivo se le dificulta mantenerse quieto por lo tanto se ve afectada su concentración, y esto termina afectando su rendimiento académico.
Es común que los niños hiperactivos tengan sus cuadernos desordenados, los ejercicios a medias y las tareas incompletas, esto se debe a que no se sienten cómodos trabajando bajo los mínimos estándares de presión y abandonan con facilidad una ocupación.
Además, una característica de este trastorno es que al leer, los pequeños se saltan letras o palabras, afectando la comprensión lectora. También se reconocen por tener mala letra, con inconsistencias en el tamaño de las letras y orientación de las palabras sobre el papel, esto muchas veces genera dificultad a los profesores para entender lo que escriben.
Otra características y consecuencias de la hiperactividad
Este trastorno por lo general no sólo ocasiona problemas de rendimiento, sino que además representa una complicación conductual de los pequeños. Se distraen con facilidad y son muy vulnerables ante factores externos, les cuesta mantener enfocados cuando alguien les está hablando por lo que da la sensación de que no escuchan ni prestan atención.
Esta condición los muestra como personas muy impulsivas, con reacciones a veces inesperadas lo que puede derivar en serias dificultades para ceñirse bajo reglas y patrones de conducta preestablecidos.
El diagnóstico de este trastorno no es algo que deba tomarse a la ligera, la responsabilidad recae sobre un especialista mediante una evaluación clínica del niño. En base a ello los padres, con la asesoría profesional correspondiente, pueden adquirir herramientas que les permitan comprender a sus hijos y tratarlos para superar una condición que, con los años y el tratamiento adecuado, no tiene porqué ser una constante.
